Tras la apertura de sesiones ordinarias, el conflicto escaló a niveles inéditos. La vicepresidenta respondió a las acusaciones de «traición» y «golpismo», ratificando que no renunciará a su cargo antes de 2027.
La relación entre el Poder Ejecutivo y la vicepresidencia atraviesa su momento más crítico. Lo que comenzó como un saludo gélido en la entrada del Congreso se transformó, en cuestión de horas, en un intercambio de fuego cruzado donde las figuras centrales de La Libertad Avanza (LLA) dejaron de lado las formas y blanquearon una fractura que amenaza con paralizar la gestión.
El ataque de Petri y la réplica feroz
El diputado y exministro de Defensa, Luis Petri, fue el encargado de verbalizar el descontento del ala más cercana al presidente. En declaraciones a los medios, Petri no solo acusó a Villarruel de «funcional a la oposición» y de ser una «vecina chusma» por usar su celular durante el discurso presidencial, sino que fue más allá: la señaló por estar «relamiéndose» por el sillón de Rivadavia.
Villarruel, lejos de mantenerse al margen, utilizó su cuenta de X para responder con dureza. La vicepresidenta devolvió el golpe apuntando a la gestión de Petri en el IOSFA (la obra social de las Fuerzas Armadas):
«Creo que antes de divagar y comentar cómo una vecina chusma, debería ubicarse y ver cómo afronta judicialmente lo que parecería fue un desfalco de la obra social de los militares y sus familias», disparó, prometiendo seguir «atentamente» la causa judicial.
«No se les va a dar»: El mensaje de permanencia
El punto más álgido del conflicto surgió cuando la vicepresidenta se refirió a las presiones internas para que abandone su puesto. Ante la consulta de seguidores en redes sociales sobre una posible salida, Villarruel fue categórica: “Quieren mi renuncia, pero no se les va a dar. El 10/12/27, hasta esa fecha, ocupo con honestidad mi cargo”.
La funcionaria también tuvo palabras para otros referentes del espacio, como el titular de Diputados, Martín Menem, a quien calificó con ironía por su supuesto «chupamedismo» y falta de protocolo, evidenciando que el malestar no se limita solo a la figura de Petri.
El origen del quiebre: El discurso presidencial
Durante la apertura de sesiones, Javier Milei dejó de lado las sutilezas. Al mencionar a aquellos «propios» que soñaban con reemplazarlo en la presidencia tras los resultados electorales de septiembre, la referencia a Villarruel fue interpretada como una declaración de guerra. El Presidente no solo apuntó a su vice, sino que cargó contra todo el Congreso, denunciando una supuesta coordinación de «leyes irresponsables» para desestabilizar su programa económico.
Por su parte, Villarruel se defendió argumentando que su silencio durante el discurso fue una muestra de «respeto institucional». Sin embargo, aclaró: «No es el ámbito de contradecir a nadie… de palabras vacías venimos desde hace décadas en la política y yo no represento el pasado».
Mientras el país asiste a este inédito enfrentamiento, el oficialismo queda sumido en una incertidumbre política que complica el debate parlamentario y deja abierta una pregunta clave: ¿Cómo podrá el Gobierno sostener su agenda legislativa con una vicepresidenta que se siente asediada por el propio núcleo duro del Presidente?



