Mauricio Guevara, vecino de Villa Cremades, regresó de trabajar 12 horas y encontró su casa desvalijada nuevamente. Denuncia que la zona está liberada y que ya no puede sostener su emprendimiento debido a las pérdidas.
POCITO – Hay cifras que duelen, y para Mauricio Guevara, el número 5 es la marca de su impotencia. Este trabajador del sonido para eventos, cuyo sustento depende exclusivamente de sus herramientas, volvió a ser víctima de la delincuencia en su vivienda de Villa Cremades. Tras una jornada laboral de medio día, el regreso a casa no fue para descansar, sino para confirmar que, una vez más, le habían arrebatado el fruto de su sacrificio.
Una pesadilla que no termina
«Ya no sé qué hacer. Vivo con miedo de salir de mi propia casa porque parece que saben mis horarios y cómo trabajo«, relató Mauricio con una angustia que refleja el sentir de muchos vecinos de la zona.
En esta oportunidad, los delincuentes aprovecharon su ausencia para revolver cada rincón de la propiedad y llevarse elementos de valor que son fundamentales para su oficio. Cada robo no solo representa una pérdida material, sino un golpe directo a su capacidad de generar ingresos en un rubro que ya de por sí es sacrificado.
Zona liberada y falta de respuestas
La indignación de Guevara no es solo contra los ladrones, sino contra un sistema que, según su testimonio, le ha soltado la mano:
-
Denuncias sin efecto: A pesar de haber denunciado formalmente los cuatro robos anteriores, el damnificado asegura que las investigaciones no han arrojado resultados.
-
Ausencia policial: El vecino sostiene que la Villa Cremades se encuentra en una situación de «zona liberada», donde los patrullajes son inexistentes y los robos se han convertido en moneda corriente para los residentes.
«No se puede vivir así, con ese miedo constante. Es mi único sustento y cada vez que entran se llevan horas de sudor», sentenció Mauricio.
Un llamado a las autoridades
La situación de Mauricio es el grito de alerta de un barrio que exige mayor presencia de la Comisaría jurisdiccional. El pedido es claro: medidas de seguridad concretas y patrullajes preventivos que permitan a los «laburantes» salir a cumplir con sus tareas sin la certeza de que, al volver, encontrarán sus puertas violentadas.
Por el momento, Guevara intenta rearmarse una vez más, aunque la bronca y la sensación de desprotección parecen ser hoy los únicos habitantes permanentes de su hogar.



